Un viaje a dónde comienza México.

Por Aide Tirado

Al llegar, la brisa apenas puede refrescar un poco el calor húmedo del lugar. Se escucha un tono de voz distinto, al igual que el volumen y por supuesto algunas palabras que en el centro de la República no usamos: bochorno, fallado, agobio.

Sonrisas, risas, bienvenidas en la terminal del ADO, la cual es la única que te lleva por los caminos del sur. Monopolio, pero eso no existe, dicen. No debo pensar en eso, vine a descansar.

Busco el mar, el olor me llama. Quiero sentir la sal en mi cuerpo. Me encuentro en el Boulevard Bahía, detrás de un pequeño muro se ve el agua meciéndose. Sin embargo, los lugareños me dicen que si quiero entrar al mar debo ir a una pequeña playa llamada “Dos Mulas”. Me recuerdan que es una bahía, que la profundidad es poca y hay piedras. También que es el santuario del Manatí, del cual quedan pocos ejemplares.

Recorro a pie la avenida que perfila la unión de la tierra con el mar. A lo largo encuentro restaurantes, antros, neverías, taquerías, salones de fiesta, cervecerías, parques, jardines e incluso la universidad del Estado. Todo ello va llenando el paisaje y mi mente. Todo ello serán los recuerdos cuando haya partido.

El calor se intensifica. Busco un lugar donde tomar algo. Encuentro unos machacados. Estos se preparan con fruta, hielo, leche condensada, canela. Su nombre se debe precisamente a que machacan la fruta para que esta se incorpore a los demás ingredientes.

En la noche, la regresar a la Bahía, llego a la Explanada de la Bandera, el centro de la ciudad, donde se encuentra el Palacio Municipal y un obelisco (en México no había visto alguno antes) que es un monumento a los héroes de la patria. Ahí mismo pruebo las marquesitas, un dulce peninsular elaborado con queso de bola (queso holandés) y una especie de tortilla dulce, tipo crepa que se endurece y pareciera de la misma consistencia que un barquillo para helado, pero no, ni crepa ni barquillo es. La disfruto, la combinación salado-dulce es agradable.

Camino un poco y me encuentro con “El Pescador”, la figura de un hombre con una red que contiene peces. Es en sí un monumento a la antigua vida cotidiana de la ciudad, pues actualmente pocos son los que se dedican a la pesca. Aun así, es un eslabón con la actual, ya que ahí pasean las personas o asisten a noches bohemias o concursos de canto. “El Pescador” atestigua cómo su ciudad sigue en movimiento.

Frente a él, una línea de letras multicolores conforma el nombre de la capital y su importancia, pues se encuentra cercana a la frontera con Belice y por tanto es la primera ciudad de México desde la frontera sur. Las letras dicen:

CHETUMAL.

Aquí Inicia México.

Quintana Roo.

La capital de Quintana Roo. El inicio del país. Una ciudad que cuenta con la estructura de lo que fuera una escuela socialista, ahora transformada en el Centro Cultural, con el teatro al aire libre “Minerva”. El lugar que es la cuna del mestizaje, en el cual por primera vez un europeo y un maya se unen y procrean a la nueva raza: los mestizos, que somos todos. Su relevancia es evidente, ya que a la entrada de la ciudad existe un monumento al mestizaje y en el centro de la ciudad, frente al llamado “mercado viejo” se encuentra una segunda escultura del mismo tema. En el enorme mural dentro del Congreso del Estado también se alude a ello. La historia oficial nos ha privado de esta visión, de parte de nuestra identidad y orígenes.

Por fortuna, estoy aquí, en Chetumal, la ciudad tranquila, calurosa y cálida, donde al ritmo de una hamaca se mueve la vida, donde parece detenerse el tiempo y abrirse la mirada. Chetumal, capital, principio del país.

Vivir la vida, saberla gozar,

Vivirla al estilo Chetumal.




Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *