Bar 9, el paraíso de los renegados e incomprendidos en el DF.

Recordemos un poco la historia de nuestra mítica ciudad… era el año 1971 y el rock mexicano tendría su gran recompensa, el festival de rock y ruedas de Avándaro que como muchos de nosotros sabemos fue todo un acontecimiento para los conciertos realizados en el país hasta ese momento. La historia no termino muy bien, pues el festival termino con problemas, fallas técnicas y la condena total por parte de medios de comunicación y la “apreciable” sociedad conservadora mexicana, lo que desencadenaría la cruel llamada “Gran Noche” que se extendería por 10 años, en los que la represión para toda clase de eventos masivos para jóvenes fue un gran golpe para la libertad de expresión en México.

Esto desencadeno la etapa de los llamados “hoyos funkis”, lugares clandestinos donde el movimiento rock de nuestro país tuvo su válvula de escape. Pero hubo unos más míticos que otros, y sobre todo, hubo uno que establecería su base en la calle de Londres, en la zona rosa y que marcaría historia a finales de los años 70’s por ser uno de los primeros lugares gays de la ciudad. Hablamos del hoy tan emblemático Bar 9, lugar que se convirtió en punto de reunión de heterosexuales y homosexuales: la “gente bonita que no discriminaba”. Este establecimiento que se mantuvo activo de 1974 a 1989 fue el epicentro de jóvenes sedientos de una casa donde pudieran expresar sus ideas y aficiones artísticas. Fue frecuentado por distintas personalidades tanto sociales y de todas las disciplinas como Sasha Montenegro, María Félix y hasta figuras como Alaska y Carlos Monsiváis. Con el tiempo, se abrió escenario no sólo al performance, sino también a bandas de rock emergentes, como Café Tacuba y los pioneros del punk en nuestro país: Size.

Tuvo que ser un francés quien viniera a revolucionar la escena con el proyecto de un bar decididamente cultural, dirigido al público gay y los más acérrimos melómanos y amantes del arte en general. Henri Donnadieu era un hombre educado en la Sorbona, cuya tesis había versado sobre la instauración de una casa de cultura en Grenoble, una ciudad alpina. “Tenía la idea de que se podía animar culturalmente una zona a través de la vida nocturna y las copas. Cuando llega a México y se queda frente al proyecto del bar, empieza a dar algunos pasos, como la apertura de un cine club donde pasaban películas de culto que no se podían ver en otra parte de la ciudad”, refiere. El Nueve llegara a ser uno de los focos de la contracultura y la cultura gay en la ciudad, y siempre será recordado como uno de los lugares donde la libre expresión, la democratización de las ideas, el alcohol, las drogas y el rock dieron forma a lo que después de muchos años serian festivales como él Vive Latino.

Un gran instrumento de narrativa es la que nos ofrece el escritor Guillermo Osorno con su relato “Tengo que morir todas las noches” en donde cuenta cómo le tocó salir del clóset a los 18 años, en una Ciudad donde ser gay obligaba a arrojarse a los bajos fondos, una gran mirada al lugar donde quizás se gestó el futuro del movimiento rock en México. La homofobia siempre ha estado ahí, no se puede erradicar, pero quizás podemos preguntarles a los afortunados que vivieron la experiencia del Nueve, y podrán decirnos que hubo un lugar en México donde se sintieron por primera vez libres, protegidos y conectados con la música, La más hermosa de todas las bellas artes.

 

Por: Antonio Torres García

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