Lo caro que de vivir en el Estado de México.

Hacer el retrato de una ciudad es el trabajo de una vida y ninguna foto es suficiente, porque la ciudad está cambiando siempre. Todo lo que hay en la ciudad es parte de su historia: su cuerpo físico de ladrillo, piedra, acero, vidrio, madera, como su sangre vital de hombres y mujeres que viven y respiran. Las calles, los paisajes, la tragedia, la comedia, la pobreza, la riqueza.”
-Berenice Abbott

Todas las mañanas sueño con cosas tan básicas en mi vida como ciudadano del Estado de México. Cosas tan simples como; un espacio por muy pequeño que sea dentro del metro para poder llegar temprano a mi trabajo o escuela, que el taxista no tenga manipulado el ‘taximetro’ para la hora de cobrar o al tomar uno de los colectivos, no vayan a subir los amantes de lo ajeno.

Lo terrible es la realidad, y es que todo comienza desde que salgo de mi casa, los policías encargados de cuidar mi colonia, tienen amagado a mi vecino de junto porque no le gusta vestirse «bien» o socialmente aceptable y da esa «mala pinta» que a todos asusta. Al intentar defenderlo; tuve que subirme a la patrulla por obstrucción al trabajo de la ley. Claramente, ya perdí mi día en el trabajo. Sin embargo, debemos estar orgullosos por el nuevo plan de seguridad implementado por el señor gobernador. Como era de suponerse, los policias que me detuvieron, sólo querían «pa’l chesco». Es más barato pagar su refresco de $100 pesos, que el no saber a dónde te llevarán.

Es tan tarde que ya no sé ni a dónde llegar, lo primero que veo es un taxi ahí detenido esperando pasaje. Mi momento de suerte, al hacer la seña para abordarlo, brilla en su interior sus collares y un pequeño altar a la «santa muerte» que celosamente posa en el tablero del ‘Tsuru 2004′ y apuesto mi billetera que funciona a base de carbón o no me explicaría de dónde sale tanto humo. Imagino una serie de personas miniatura trabajando arduamente para no apagar el carbón de la máquina que impulsa «esa chatarra». Lo más preocupante de mi sueño con ojos abiertos, es que a siete calles ya tenía un marcaje de $24.35 pesos y corría más rápido de lo que yo trato de hacerlo. Mientras hacía cálculos matemáticos y funciones por aquí, fórmulas físicas; llegué a mi destino con una cuenta de $48.75 pesos que por redondeo, sube a cincuenta pinches pesos, al entregar el billete se escuchó a lo lejos un motor viejo que iba a toda velocidad sin darme cuenta que el “Tsuru” era el que se marchaba. Y ahí se va mi último billete, el que pagaría mi desayuno.

Esperar la “combi”, esos bólidos y llenos de odio a las pistas de Avenida Central, la famosa R1 y otras grandes avenidas que tiene el hermoso Ecatepec. Por la fama que han logrado, sólo estaba encomendado hasta con los santos que mi madre y mis abuelos luchan conmigo por aprenderme sus nombres día con día. Al detenerse una frente a mí, abre sus puertas como con cánticos celestiales porque la gente comienza a descender con frenesí, pensaba que era la hora de subirme con la comodidad que había esperado desde las seis de la mañana que comienza mi travesía por la ciudad. Al esperar a que bajaran los últimos dos pasajeros, estos dos salen más de prisa cortando cartucho del arma con la que ganaron el pan de cada día, ¡bendito Dios y San Judas quienes los protegen para que salga bien la chamba!

Estoy de suerte, me dije. No me asaltaron, aún traigo un poco de dinero y el chófer de la combi, me llevará gratis. Porque claro, al tener prisa y usar este transporte del primer mundo, apenas cruzaste dos calles y el costo es de 8 pesos. Ya si eres de dinero y puedes ir más lejos, pagas la módica cantidad de 15 pesos, ya van incluidos los gases de los señores que no son nada penosos, el masaje con las nalgas de la señora gorda que ya no cabe, pero nos ilumina citando la más célebre frase que dice: «-Si cabremos en el infierno, que no quepamos aquí«. Si lo ven de buena forma, es toda una ganga, viajar dentro de éste gran Estado.

No todo podría ser tan malo después de la gran travesía que hoy crucé en el maravilloso Estado de México.

Por:Eduardo Gimel Tellez

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